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¿Por qué son importantes las matemáticas?

  • 19 ene
  • 3 Min. de lectura

La respuesta corta que suele darse es: porque sirven.


La respuesta honesta es: porque te cambian la cabeza.



¿Por qué son importantes las matemáticas?
¿Por qué son importantes las matemáticas?


Mi primer contacto real con el poder de las matemáticas no fue al aprobar un examen ni al entender una fórmula bonita. Fue cuando decidí emprender. Ahí me di cuenta de algo incómodo: no habría podido hacerlo sin la forma de pensar que adquirí estudiando matemáticas puras. No por saber integrar más rápido, sino por la capacidad de mirar el mundo desde otra perspectiva. Esa perspectiva se construyó durante años de formación rigurosa, frustración, abstracción y pensamiento profundo mientras estudiaba la Licenciatura en Matemáticas en el DEMAT de la Universidad de Guanajuato.


Y aquí va algo que casi nadie entiende desde fuera.


Las matemáticas puras no se hacen porque “sirvan para algo inmediato”. Se hacen porque nos apasiona resolver problemas. Porque hay gente que puede pasar semanas, meses o años pensando en una sola pregunta, y sentir una emoción genuina —difícil de explicar— cuando finalmente encuentra la solución. No es utilitarismo. Es amor por el pensamiento bien hecho.


Uno de los mayores errores que veo como docente es creer que las matemáticas funcionan como un martillo: las tomas, las usas, las guardas. No. Las matemáticas no son una herramienta directa; son la estructura invisible que permite que muchísimas cosas funcionen, sobre todo en tecnología. No ves las matemáticas cuando usas tu celular, pero sin ellas no existiría. Ni el celular, ni el software, ni los sistemas que sostienen al mundo moderno.


Por eso, cuando alguien pregunta “¿y eso para qué sirve?”, la pregunta ya está mal planteada. Las matemáticas no sirven como un objeto: te transforman como sujeto.


La habilidad más poderosa que entrenan no es calcular. Es resolver problemas complejos.

Problemas abstractos. Problemas que no vienen bien definidos. Algo muy parecido a lo que hoy se vende como inteligencia artificial, solo que esto es inteligencia viva, entrenada dentro de tu propia cabeza. He conocido matemáticos capaces de abstraer situaciones increíblemente complicadas con una claridad y velocidad que ninguna IA puede replicar fuera de contextos muy específicos.


Esa habilidad no se queda en el aula. Se filtra en la vida diaria. He visto una diferencia clarísima entre personas que piensan matemáticamente y las que no: las primeras resuelven mejor los problemas de su vida. Son más claras, más eficientes, más inteligentes en el sentido profundo de la palabra. Y sí, curiosamente, también suelen tener mejor sentido del humor y una mayor calidad de vida. Pensar bien cambia todo.


Si mañana desaparecieran las matemáticas del mundo, no habría debate filosófico ni periodo de adaptación. Todo colapsaría inmediatamente. La tecnología, los sistemas, las infraestructuras. Absolutamente nada funcionaría. No es exageración: es un hecho.


Y aun así, lo que más amo de las matemáticas no es su poder tecnológico, sino algo mucho más “inútil” para muchos: las demostraciones formales y rigurosas, una secuencia lógica clara donde cada paso tiene sentido y nada está puesto por fe. Pensamiento honesto. Sin atajos. Sin humo.


Gran parte del discurso típico sobre la importancia de las matemáticas viene, siendo brutalmente sincero, de gente que no tiene ni puta idea de lo que son realmente. Repiten frases hechas sin haber pasado por el proceso real de pensar matemáticamente.


Así que cierro con la pregunta que me gustaría que te hagas en serio:


¿Y si estudiar matemáticas puras no fuera una pérdida de tiempo, sino una de las mejores decisiones intelectuales de tu vida?


¿Y si ese camino —duro, abstracto, exigente— fuera exactamente lo que estás buscando?


Si esa pregunta te incomoda un poco, quizá ya empezó a hacer su trabajo.

 
 
 

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